El monótono chapoteo de ruedas-tambores resonaba en el interior del vagón. Anochecía. Las amarillas farolas de una estación de paso curioseaban a través de las ventanas salpicadas y una mosca trasnochadora seguía sus pasos. Un baile entre el bordillo y las cortinas arrugadas, más allá por el glacial arenoso vertical, al borde del abismo... Otra caída... Otra escalada... Las moscas del otoño nunca se rinden.
Me comparé por un momento con este insecto desafortunado. ¿Cuántas caídas habría sufrido? ¿Cuánta desesperanza hubo? Pero de nuevo me levantaba y seguía adelante en SU búsqueda. En búsqueda de mi inspiración...
Pero cambiemos de tema.
La azafata, una mujer apagada por los años, de estatura media y anchura pasando esta media con sobras cruzó el vagón con una cartilla del té y demás provisiones. Su ronca voz sonaba igual que las ruedas de su carro, necesitadas del aceite para su mejor funcionamiento.
- Te caliente, café. – Anunció cansada.
Mi compañero del compartimiento se animo:
- ¿Y cuánto cuesta?
- Diez rublos, - fue la respuesta – treinta el café.
- Venga, pues déjeme un vasito. –
Dijo el hombre abriendo la vieja cartera descolorida y ofreciendo un billete con la torre de Krasnoyarsk y un embalse impresos a los lados. Como el resultado del intercambio obtuvo el vaso, aún ardiendo y ansioso empezó a sorber.
Después de un par de intentos desesperados se levanto la cabeza algo sorprendido. Miró a la mujer, de nuevo al vaso. Removió levemente el liquido ámbar con una cucharilla, cuidadoso, para no hacer ruido chocándola con el borde de cristal. De nuevo sorbió, esta vez con más fuerza perdiendo la timidez frente la temperatura enemiga. Y de nuevo se levanto la vista, aunque esta vez se notaba en sus ojos cierto punto de indignación:
- ¡ Y el azúcar ?!
La azafata seguía mirándole de frente, igual que durante toda la transacción.
- Zu-u-uquer... – dijo alargando la palabra con un acento ucraniano. – Si quiere zuquer son otros cinco rublos .
- ¡Oiga! ¡Pero qué me está diciendo! ¡Si esto es un robo! Si hace poco en el tren el té no valía más de un rublo.
En estos momentos mi compañero parecía echar más humo que su vaso del té. La azafata en cambio igual de tranquila que antes, con la expresión en la cara de un monolito, replicó pensativa:
- Parece una persona culta. Ya debería de haberse acostumbrado. Se llama In-Fla-Ción. – pausa. Luego ya más agresiva - ¡Entonces qué?! ¿Va a querer el zuquer o no? ¿O me quedo aquí hasta que los gallos canten?
El hombre acallado por el debate le ofreció una moneda de cinco, recogió el cubito blanquecino y dulce y lo sumergió en el té. Igual de callado se giró hacía la ventana y miró al paisaje que se alejaba de nosotros a medida de que su sitio ocupaba el otro. La azafata de mientras recogía su carro y se marchaba. Sus voluminosas formas se movían al unisón con el tren.
- Té, café, - se escuchó de nuevo en la otra punta del vagón...
2009-12-23
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